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Detalle del libro seleccionado de los Baroja

Miserias de la Guerra

Autor: Pío Baroja
ISBN: 84/7035/184/2
Colección: Novelas sueltas
Precio: 21 €
Edición:
Tamaño: 18 x 12
Nº de pág: 360

A ningún lector de Baroja se le oculta que la publicación de Miserias de la guerra es todo un acontecimiento literario, largamente esperado, sobre todo para aquellos de sus lectores, sean estos o no "barojianos", que, en los últimos años, han venido reclamando con impaciencia notoria su publicación. El asunto del que trataban Las Saturnales, ciclo novelesco al que pertenecería esta, inducía a ello: la Guerra Civil española.

Primeras dos paginas de MISERIAS DE LA GUERRA

PRIMERA PARTE

EL SEÑOR EVANS EN MADRID

I EL COMANDANTE.

Carlos Evans, militar y diplomático inglés, que residió en Madrid con anterioridad a los comienzos de la revolución de 1936, estaba emparentado con la familia española de Carvajal, cuyos negocios de banca se desarrollaban en una ciudad andaluza, situada en la costa mediterránea.

Evans, a pesar de ser hombre ya maduro, de cerca de sesenta años, mostraba aire joven, no representaba la edad que tenía. Sus ojos eran azules, los cabellos, que había sido rubios, empezaban a encanecer; la piel, atezada, indicaba que había vivido mucho al aire libre y en países meridionales.

Daba la sensación de un hombre vigoroso, bien conservado. Era esbelto y ágil, con el cuerpo y los movimientos de hombre que cultiva el deporte. Vestía bien, con soltura, trajes sencillos que revelaban al gentleman.

Espiritualmente era hombre frío, ecuánime y cortés. Escéptico, y sin ambiciones, no mostraba prisa nunca. Un poco reservado y de aire correcto, parecía no poner mucha curiosidad en las cosas, pero nada de lo que él juzgaba digno de atención lo dejaba pasar sin examinarlo y comentarlo.

Para la mayoría de las gentes que le conocían y tenían trato con él, sintetizaba el tipo del inglés distraído y ensimismado, que parece vivir en las nubes y que no se entera de nada o de casi nada. Era todo lo contrario, curioso y observador de lo grande como de lo pequeño. Algunos de sus conocidos le consideraban como hombre poco sagaz y sin curiosidad. Su actitud tenía mucho de finta.

Comandante de Artillería del ejército inglés, don Carlos, como le llamaban algunos amigos españoles, había estado en varias guerras, desempeñando cargos distintos. Como agregado militar viajó mucho, reuniendo experiencias y conocimientos sobre distintas naciones europeas, así como también de la India y de África. No le gustaban, en la proximidad de la vejez, los climas húmedos, creía que no le sentaban bien, prefería el tiempo claro y seco.

En la guerra mundial primera estuvo en la batalla de Charleroi, que se desarrolló entre Bélgica y Francia en agosto del 14, cuando él tenía treinta años, en Thionville y Mons, donde se encontraba el III, el IV y el V Cuerpo de Ejército Británico. Según Evans, en esas grandes batallas modernas no se comprendía con exactitud el objetivo de unos y de otros más que conociendo muy bien el terreno, manejando planos detallados y con noticias completas y exactas de las fuerzas respectivas. Los oficiales del Ejército anglo-francés, sabían solo que atacaba el general alemán von Bülow, pero no sabían el desarrollo que pensaban dar los suyos a la batalla.

En Madrid, Evans había estado agregado en la Embajada inglesa desde el año 1932, y unos años después, al comenzar los disturbios en España y deseando zafarse de responsabilidades peligrosas, pidió una licencia de tres años.

Esto no le hizo perder sus buenas relaciones con su Embajada. No quería ausentarse de Madrid, le parecía que iba a convertirse la capital en un escenario de violencias y crueldades lleno de peligros. Quería asistir a su desenvolvimiento como simple espectador y ver con sus ojos lo que ocurriera.

Tenía Carlos Evans un carácter desapasionado y tranquilo, y la indiferencia fingida con que escuchaba las opiniones que más pudieran herir su sensibilidad, le permitían ocultar sus intimidades de una manera perfecta. Al mismo tiempo, sabía enterarse con prudencia de cuanto le interesaba, todo ello sin llamar la atención y sin escandalizar a nadie.

Evans estaba preparado para contemplar desde su butaca lo que pudiera suceder en el escenario español. Sentía gran interés por ver lo que iba a pasar. Carecía de todo prejuicio. Era, simplemente, el hombre a quien el suceso sorprende en la calle, y, como dispone de tiempo y nadie ni nada le está aguardando, se puede consagrar sin preocupaciones de ningún género a informarse por cuenta propia de los hechos, sin perder detalle. Don Carlos escribió un Diario con notas, sin seguir siempre un estricto orden cronológico pensando que quizá con el tiempo ordenaría mejor sus datos.



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Miserias de la guerra
 


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