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Historia del anticlericalismo español
A MODO DE EPÍLOGO
Los diccionarios de la Lengua nos dicen que el "anticlericalismo" es una "doctrina o procedimiento contra el clericalismo". Esto es mucho y es poco. Es mucho porque la palabra "doctrina" nos hace pensar en una enseñanza o instrucción, en un saber que se obtiene mediante ésta o en una opinión autorizada. El anticlericalismo puede carecer de todo esto, y lo que tenga de procedimiento es aleatorio. Una ley anticlerical del Estado puede considerarse como hija del procedimiento y de doctrina mala o buena. La quema de iglesias o la matanza de frailes, que son otras claras y feroces expresiones del anticlericalismo, no tienen nada de lo que puede pensarse que es un procedimiento; se trata de "ejecuciones" bárbaras. Por otra parte, la aceptación de la palabra en los diccionarios de la Academia Española es increíblemente tardía. Una exploración rápida me dio un resultado imprevisto. Pensando en términos históricos, la comencé recurriendo, en primer término, al de 1843, a la novena edición. No estaba1. Pero tampoco la hallé en la oncena, de 1869, ni en la duodécima, de 1884, ni en la siguiente, de 1899. Ni siquiera en la de 1925, que hace la quince5. Sí en la decimosexta, de 1939, y en la decimonona, de 1970. En el Diccionario histórico de la Lengua Española, que la misma Academia empezó a publicar en 1933, aparece la palabra "anticlerical" tan sólo, ilustrada con ejemplos de Gómez de la Serna y Moreno Villa8. Es, pues, palabra esencialmente moderna, y podría usarse de modo específico para designar un grupo de hechos, sobre todo políticos, que se dieron en los siglos XIX y XX en Francia, en Italia y en Austria, tanto como en España, países de tradición católica. Podrían distinguirse las posiciones anticlericales políticas del antiguo "antimonaquismo" popular y de otras, por la calidad del pensamiento y por la cantidad de los efectos. Pero estas distinciones y utilizaciones particulares nos destruirían la posibilidad de señalar ciertas secuencias a lo largo de los siglos. Porque acaso el que cabe llamar en términos generales fenómeno clerical rebasa la órbita del Catolicismo y del Cristianismo, y el anticlerical también; tanto el uno como el otro tienen perfiles de violencia extremada, en ocasiones, o rasgos grotestos, en otras. A veces, la imagen o el "modelo" arquetípico de un comportamiento se obtienen de modo parecido, en relación con grupos no cristianos conocidos, a como se obtiene la imagen anticlerical, referida al mundo católico, en un aspecto. Con independencia de lo que en verdad fueron los fariseos, el Cristianismo primitivo divulgó la imagen de una falsa postura moral de los mismos que aún nos permite hablar, en términos generales, del "fariseísmo" o de comportamientos "farisaicos". La acusación de Anytos contra Sócrates puede considerarse -por otra parte- como un acto típicamente "clerical". Anticlericales podían ser, en cambio, algunos pasajes de Petronio o Luciano referidos a la piedad pagana. Pero el historiador debe empezar dibujando las formas con cretas, y tiene también derecho a hacer la crítica de los que utilizan la Historia sin saber dibujar bien estas formas. Eso no quiere decir que, además, no deba saber teorizar. Pero teorizar no es lo mismo que aplicar un único método a todo dentro de un sistema ideológico aceptado y a veces no bien soportado por verdaderas ideas, sino por esquemas ideológicos; lo cual no es lo mismo. Todo lo aquí estudiado se ajusta, por otra parte, a esquemas: podría decirse que a pobres esquemas. Esto no quiere decir que no tengan grandes y terribles repercusiones en la vida. La vida, y más aún la política que cualquier otra, es con frecuencia de una pobreza de contenido intelectual que asusta al que vive un poco apartado de ella. La repetición lo domina todo, y de su estudio en el campo de las ciencias sociales iniciado por Tarde y luego no desarrollado, podrían extraerse muchas consecuencias. Aquí hay un material para hacer el estudio de ciertas repeticiones. Querría en lo futuro completarlo con otra clase de datos acerca de otras que se dan en el ámbito de lo religioso. El estudio de la repetición del esquema en la vida de hombres de Iglesia (de mujeres también) a los que se quería presentar, allá por los siglos XVII y XVIII, como representantes de la santidad sobre la tierra, es, sin duda, un estudio árido y poco atractivo al principio. Pero adentrándose en él puede dar algunas ideas importantes para comprender, de un lado, el mundo de valores de mucha gente religiosa, y, de otro, para encontrar las razones de la incredulidad de otra. A él he dedicado algunas vigilias, pero aún no puedo dar los resultados. Las páginas que componen este volumen fueron escritas, primero, en forma de cartas a una amiga que quería saber algo acerca del tema del anticlericalismo español y sus transformaciones. Después las ajusté para que sirvieran de introducción a un trabajo colectivo en que colaboraron varios sacerdotes católicos, bajo la dirección del Padre Miguel Batllori. La colaboración dio como resultado una serie de monografías sobre el anticlericalismo en la época contemporánea, en autores y revistas de distinta índole. Casi todos los colaboradores eran mucho más jóvenes que yo. Las diferencias de edad y de origen hacían que mi cometido fuera difícil entre ellos. Yo provenía de una familia que podría definirse como anticlerical en esencia, y ellos, del mundo no solo religioso, sino sacerdotal. De todas formas, existía la curiosidad común, el propósito de enterarse mejor del hecho y cierta buena voluntad por mi parte que hoy algunos puede que no vean en este libro. Acaso hay en él demasiada sal, demasiada pimienta para ciertos paladares. No es mi culpa. Los datos que manejo son como son. El lector es el encargado de juzgarlos. Yo prefiero quedar como mero relator, expositor o compilador en una época en la que hasta los reporteros opinan más que informan. No se diga nada de profesores de Historia y otras ciencias, que a lo que más empiezan a recordarme es a los antiguos fabricantes de corsés, los cuales, a fuerza de ballenas y cosidos, procuraban que todos los pechos femeninos fueran iguales, con arreglo a un patrón ideal de lo que debe ser el pecho femenino. Soy poco partidario de la corsetería histórica actual. Menos aún de la ortopedia. Esta es una obra sencilla, sobre un tema viejo y hoy casi folklórico, escrita por un hombre que ha dedicado al folklore mucha atención a lo largo de su vida. El anticlerical empieza a ser personaje folklórico. El clerical existe con mayor poder y con hábitos nuevos: es, probablemente, el ser menos folklórico de la poco folklórica sociedad española de 1980. En realidad este libro constituye el estudio previo y principal, tal vez, de lo que podría llamarse la "desfolklorización" de la sociedad, de nuestra sociedad. Antes, mucho antes, de las fechas que se toman en el libro como punto de arranque, el tema de los malos clérigos fue tratado por personas pías. Allá a comienzos del siglo IX, el Chronicon Sancti Maxentii describe con todo detalle la visión de Guetinus, monje que vivía en tierra de los alemanes en cierto monasterio situado en Reichenau. La "Visio Wettini" la puso por escrito en el año 824 el abad del mismo monasterio, Hetton. En ella, por de pronto, al vidente se le aparece primero el Espíritu maligno con aspecto de clérigo ("effigiem pretendens clerici"), y después un ángel esplendoroso le hace viajar con él a lugares en que había muchos hombres sometidos a tormentos de todo género, entre los cuales destaca la abundancia de eclesiásticos, sacerdotes, de órdenes mayores y menores, condenados por haber amado demasiado los bienes terrenos. La visión es parecida a la del infierno dantesco, aunque en forma elemental, sin riqueza poética. Los cargos que se acumulan sobre los condenados son los que en todo el mundo católico constituyen un cuerpo de lugares comunes hasta la Reforma, de acusaciones estereotipadas. Ahora bien, cuando las sociedades crean sus arquetipos y modelos, es claro que luego los aplican de modo bastante mecánico, dejándose guiar por el runrún, el sonsonete y siguiendo la línea del menor esfuerzo. Pero hay diferencia sensible entre unos lugares comunes y otros: los anticlericales van cobrando nueva significación en sociedades distintas, a lo largo de los tiempos. Su relación con la realidad observable es también distinta, como puede verse a lo largo de los capítulos de este libro, que termina con recuerdos personales bastante tristes. Porque si la repetición de lugares comunes resulta siempre aburrida, el hecho de que los lugares comunes produzcan guerras civiles y coacciones feroces ya no es aburrido: es amedrentador y trágico.
Medio: elcultural.es
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        Historia del anticlericalismo español
Fecha: 19/06/2008
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